LO BUENO Y LO MALO


“… luego de que Adán
comió la manzana, el árbol del Paraíso se secó. Necesitas la oscuridad para tu
vida… Por eso fue el conocimiento de lo bueno y lo malo una maldición
insuperable”.

“… si regresas al caos
originario… te darás cuenta de que no puedes separar más tajantemente lo bueno
y lo malo… sólo te es dado percibir la dirección del crecimiento, que va de
abajo hacia arriba…”

“Quien no soporta la
duda, no se soporta. Alguien así es dubitativo, no crece, por eso tampoco vive…
El fuerte tiene dudas, pero la duda tiene al débil…”

“Mi discurso no es claro ni tampoco oscuro, pues es el discurso de
alguien que crece”.

EL LIBRO ROJO – C. G.
JUNG

A nuestra mente le encanta
poner etiquetas. Continuamente decidimos si las cosas están bien o mal, la
mayoría de las veces sin disponer de la información suficiente para hacer tal
evaluación. Vemos las noticias y rápidamente juzgamos a sus protagonistas. No
nos cuesta nada posicionarnos siempre del lado del “bien”, o de lo que
entendemos como tal. La mayoría de la gente se siente “en posesión de la verdad”,
con respecto a sí mismo y muchas veces con respecto a los demás.

En cierto modo, eso es un mecanismo de defensa. En un mundo cada
vez más caótico y corrompido, sentirnos “del lado de los buenos” es una forma
de protección frente a la incertidumbre, que muchas veces percibimos como una
amenaza. Nuestra mente necesita seguridad. Que el suelo se tambalee bajo los
pies produce vértigo y un miedo atávico que se remonta a nuestros ancestros.

Pero como decía Jung (o como dice, ya que el tiempo es una
ilusión), a poco que nos demos cuenta, no se puede separar lo bueno de lo malo.
Ambos son caras de la misma moneda. Ambos son relativos e inestables. No
existen dos personas que cuenten la misma historia de la misma manera. Nuestra
idea sobre el bien y el mal procede de creencias, de herencia, de tradiciones…
no es algo fijo e inamovible. Y a esto hay que añadir el hecho de que somos
tremendamente manipulables: hay todo un entramado de intereses orientados a
presentarnos “la realidad” de una forma determinada, para que pensemos sobre
ella de una forma determinada, y para que la historia se desarrolle de una
forma preconcebida. Y no precisamente para “nuestro bien”.

Así que, siguiendo a Jung, solo existe la duda, y con ella,
el crecimiento. O lo que es lo mismo, el aprendizaje. Desde una mente simple,
una persona con dudas puede parecer tonta o incapaz. Pero la duda es síntoma de
fortaleza. En mi humilde experiencia, también lo es de madurez. Cuanto más se
aprende sobre cualquier cosa (y sobre uno mismo, la lección más importante),
más consciente se es de todo lo que no se sabe. Somos un enorme misterio a
todos los niveles: a nivel físico, a nivel mental, a nivel emocional… la vida
entera lo es. Madurar consiste en abandonar las certezas.

Tiene sentido que nuestro momento más sublime, el de la
muerte, sea a la vez la única certeza de nuestra vida (es lo único que estamos
seguros de que va a ocurrir) y la mayor incertidumbre (hay tantas posibilidades
sobre “qué viene después” como personas habitan el planeta, o puede que más)… La
muerte es lo único para lo que merece la pena prepararse.

Saludos de alguien que crece.

Dedicado a JC “Ladran luego cabalgamos”




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